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El Albaicin recibe cada vez mas turistas y alberga mas plazas hoteleras.

Poco se conocía, a principios de los 90, la posibilidad que ofrecía el barrio del Albaicín como fuente de negocio turístico. Y no porque no fuese lugar de visita obligada cuando se llegaba a Granada, sino porque no existía en él ningún establecimiento en el que el visitante pudiera hospedarse. Sus estrechas y empedradas calles, sus vistas hacia Granada capital o La Alhambra, así como sus centenares de casas moriscas en ruinas, se perfilaban como el «perfecto aliciente» para todos aquellos que buscaban captar la atención de un tipo de turista muy concreto. Desde entonces, y en apenas 15 años, el Albaicín cuenta, a día de hoy, con 7.504 plazas hoteleras, repartidas entre hoteles, apartamentos, hostales y pensiones.
Fue así como nació el primer hotel en este típico barrio granadino. El Palacio de Santa Inés abrió hacia 1995, dando a un edificio histórico –35 habitaciones en las que se pueden admirar patios mudéjares, techumbres originales y frescos renacentistas–, situado en el Bajo Albaicín, un «uso social y económico». Según la directora del hotel, Ariadna Garrido, «este inmueble estaba abocado a convertirse en una ruina más y fue, precisamente, su alto valor histórico lo que nos animó a su restauración y posterior dedicación al uso hotelero. Cuando lo inauguramos, era el único en su entorno y con él se fue creando un estilo de ‘Hotel Histórico’ que, con el tiempo, ha dado lugar a otros nuevos, instalados en casas con mucha tradición de esta barriada». Pero, con la llegada del nuevo milenio, el Palacio de Santa Inés empezó a estar acompañado. «Hasta el año 2000, la ocupación y los precios eran los adecuados a este tipo de alojamiento de características un tanto especiales. A partir de ahí, comenzaron a aparecer nuevos hoteles para compartir el número creciente de turistas que utilizaban este tipo de locales con encanto para alojarse. De este modo, a la pérdida de ocupación hubo que añadir, además, la guerra de precios que nos plantearon los grandes hoteles de la ciudad, quienes han acentuado la crisis que vivimos desde 2008», explica Ariadna a la vez que reconoce que al ser un hotel pequeño, los gastos fijos son «difíciles» de cubrir, puesto que los precios reales están en torno al «50% de la tarifa oficial y la demanda ha descendido un 40%». «Lo cierto es que nos quedan unos cuantos años para poder recuperar la ocupación anterior a 2008, y una década para poder recuperar los precios de 2007. El horizonte es preocupante, aunque seguiremos ofreciendo nuestros mejores servicios en un enclave único», manifiesta la directora del Palacio de Santa Inés.
El grande se come al pequeño
Cuatro años después de que arrancase la actividad en este primer recinto hotelero, se puso en marcha la pensión Casa del Aljarife. Una mansión del siglo XVI –280 metros cuadrados y cuatro habitaciones–, en la Placeta de Cruz Verde, con vistas panorámicas a La Alhambra. Sus propietarios, él alemán y ella granadina, compraron la casa en 1996 en el barrio albaicinero por ser un sitio, dicen, «de gran belleza y tranquilidad absoluta». Ahora, lo que empezó como una idea pionera, tiene que hacer frente a 25 competidores en el mismo perímetro y a todos los que hay en el centro de la capital. «Sin duda, nuestra actividad era creciente desde el instante que abrimos las puertas de esta Casa y hasta 2006. Momento en el que esa actividad fue bajando debido a la, cada vez, mayor oferta hotelera. Ya en 2009, la caída fue tremenda debido a la crisis y al continuo aumento de plazas y ofertas hoteleras», mantiene Christian Most, uno de los dueños de la casona, mientras incide en que solo este año se han abierto tres nuevos hoteles. «Estamos en una situación en la que la oferta aumenta en Granada y la demanda baja. Hay hoteles de cuatro estrellas, en el centro, que ofrecen habitaciones dobles muy baratas y contra eso, nosotros no podemos luchar. Razón por la que, cada año, llegamos a perder entre un 10 y un 15% de las ventas. Desgraciadamente, lo que hemos perdido ya no lo vamos a recuperar», subraya Christian, quien, pese a todo, no pierde la esperanza de que «las cosas vayan a mejor».
No obstante, en eso de que «el grande siempre acaba comiéndose al pequeño» también coincide la directora del hotel Casa del Capitel Nazarí –abierto en 2001–, Ángela Caracuel. «No sólo hay competencia con los alojamientos similares al nuestro, sino con los nuevos y grandes establecimientos, con los que la batalla de precios la tenemos perdida de antemano. Antes los clientes te llegaban solos y ahora hay que pelear con uñas y dientes. La única receta contra la crisis es trabajar duro y con esfuerzo. No hay receta mágica. Optimizamos, al máximo nuestros recursos y los costes. Además, el ingenio es fundamental en estos tiempos. Si antes sólo ofrecíamos alojamiento y desayuno, ahora tenemos también cafetería, servicio de habitaciones, cartas de almohadas, masajes o souvenirs», recalca Ángela. «El incremento de las plazas hoteleras en la ciudad y concretamente en esta zona, es innegable, aunque no podemos decir que eso haya sido un inconveniente. Gracias a esos establecimientos, se están rehabilitando edificios que antes se encontraban abandonados y se está poniendo en valor el patrimonio del Albaicín», comenta la directora de Casa del Capitel Nazarí al tiempo que cuenta como se ha revitalizado el comercio del barrio.
«Cuando yo empecé a trabajar aquí con 20 años, había la mitad de tiendas, bares y restaurantes. Ahora con 30, puedo decir que la oferta complementaria en la ciudad que ofrecemos a nuestros clientes, aparte de la oferta monumental que siempre ha existido, es impresionante, ya que se puede hacer la ruta de la tapa, volar en globo, degustar aceites de oliva o incluso ver un espectáculo flamenco», añade.
Hoteles ‘bajo cuerda’
Pero, a la crisis económica por la que atraviesa el país y la crisis ocasionada por la multiplicación de este tipo de estancias, se une lo que el gremio conoce como ‘hoteles o alojamientos ilegales’. Viviendas particulares que, a modo de hostales, ponen sus camas en alquiler. Tal y como sostiene uno de los encargados de Oasis Backpacker’s Hostel, Ian Sypniewfky, «la recesión económica está, cuanto menos, agudizando el ingenio. Los dueños de estas residencias abren las puertas como si se trataran de auténticos establecimientos autorizados y con licencia. Sin ningún pudor, alquilan sus camas a precios muy bajos. Están robando clientes, si bien es cierto que los que quieran calidad se van a asegurar de que el lugar donde van la tiene».
Por otra parte, Ian hace hincapié en que quizá los hostales tienen menos competidores. «Al ser más barato que un hotel, el hostal siempre tiene huéspedes. Nuestra clientela es sobre todo joven, aunque también se está elevando el número de gente mayor que viene. El Albaicín es un barrio cada vez más caro y los turistas, tanto extranjeros como nacionales, buscan alternativas baratas», aclara este encargado de origen francés. «Mientras haya turismo va a haber plazas hoteleras. No me imagino un Albaicín sin hoteles», afirma.

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